martes, 19 de octubre de 2010

Historias del metro I

El metro vuelve a saltarse los horarios en estos días, y cuando pasan este tipo de incidencias suelen ocurrirme cosas bastante extrañas.

Con media hora de retraso llega a mi estación uno de los nuevos metros en la línea 1 (supongo que son los viejos de las líneas 3 ó 5). Me apresuro a alcanzar alguno de los escasos asientos en sentido de la marcha que están libres, pero una "familia Dalton" los "rellena" todos, despiadadamente. Siempre trato de evitar los asientos enfrentados, puesto que les resulta bastante incómoda mi mirada a muchos pasajeros. Pero no me queda otra opción si quiero sentarme, que ocupar uno de los que están en las filas laterales, que se sitúan a ambos lados del vagón, enfrentadas ambas hileras.

En esa última parada entra un hombre y una mujer, de mediana edad, que se sientan en los únicos asientos vacíos que quedaban, justo enfrente mio, je. El hombre abre un gran libro sobre decoración o diseño, lo ojea brevemente y continúa conversando con la mujer que entró junto a él. Supuse que eran amigos, pareja o conocidos que viajaban juntos hacia el mismo destino pero una parada después el hombre se apeó del metro y la mujer permaneció en su lugar.

Me dió la sensación, a pesar de estar atiborrado el metro, que estabamos solos allí, ella y yo. Cuando la ví llegar antes ya me recordó a Catherine Deneuve tanto por su belleza como por su ausencia.

Inevitablemente se cruzaban nuestras miradas. Yo trataba de evitar por todos los medios enfrentar mis ojos con los suyos: trazando circulos alrededor de su rostro, cerrando los ojos unos segundos, mirando hacia mi mp3 o la mochila, mis manos, el techo, mis zapatos, los que se sentaban a mi izquierda y derecha, etc... Ella también trataba de hacer lo mismo, pero no habia forma, era como un imán volvíamos a mirarnos directamente, hasta impúdicamente.

¿Que estará sintiendo? - me preguntaba mientras me perdía en sus pupilas. Yo me sentía claramente turbado, ella no encontraba lugar donde colocar sus manos y tuve en algún momento miedo a que ella se marchase por dicha incómoda situación. De todos modos, el viaje sería breve, no podia yo aspirar a más. Aunque mis deseos hacia ella se perdian en el torbellino infinito de mi imaginación.

Pudimos escuchar el aviso de parada. Se levantó de su asiento y se dirigió rápidamente hacia una de las puertas y lógicamente pensé que iba a apearse. Pero no fue así, sólo se situó junto a una de las puertas y sin más me surgió esa terrible preguntas ¿Tuvo miedo? Luego llegué a mi parada y me situé detras de ella, iba a bajarse en la misma que yo. Volvieron a brotar preguntas de mi mente turbulenta: Si se vuelve hacia mi ¿seré capaz de decirle algo?, ¿se pondrá a gritar?, ¿quizás tomarnos un café y prolongar el placer de su presencia?...

Se abrieron las puertas y nuestros destinos se separaron quizás para siempre, aunque esos gramos de felicidad endulzaron 35 minutos de mi vida.

Gracias.

2 comentarios:

  1. Me gusta la imaginacion de los "posibles".Es la que mas me hace sentir.
    Desde luego si eso ha sido "verdad verdadera" no deberias haberte quedado en una mera ilusion. ¡Que porras¡ haber enviado un mensaje claro y contundente de tus "sensaciones" que para eso era la imaginacion de los posibles, para hacerlo posible y realidad no?, o no?
    Un placer leerle marinero.
    (Para acrecentar tu ego te dire que hoy he dejado tu blog abierto para escuchar la musica expuesta en el susodicho, creo que le di "la vuelta entera" .

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  2. Ese chispazo que nace en un instante es inexplicable, sucede aunque se desee evitar y cuanto mas se intenta evitar, mas sucede. No sé bien por qué nos sentimos atraídos por alguien a quien no conocemos, solo son sensaciones, respuestas de nuestro yo menos encorsetado pero que sacuden de una forma tremenda.
    Yo hubiera tomado ese café.

    Un beso.

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